La presencia del colectivo hispano en el territorio estadounidense genera desde hace unos años cada vez más debate. ¿Será únicamente debido a la proporción cada vez mayor que ocupan los Latinos en la población total del país? ¿O al hecho de que este crecimiento sea atribuido por algunos al aumento de la migración procedente de Latinoamérica y a la flexibilización de las normas migratorias? Estas explicaciones no son erróneas, pero muy parciales si intentamos entender el fenómeno de “hispanización” de Estados Unidos.

Cierto es que observamos una mayor intensificación de los flujos migratorios desde América latina, pero no es la causa principal de la “hispanización” de EE.UU, ni es reciente. Efectivamente, – y contradice el discursos populista -, la “hispanización” de EE.UU no es un fenómeno iniciado en fechas recientes ya que las primeras oleadas migratorias se remontan a los años 40 y 50. En gran parte fueron comunidades mexicanas y puertorriqueñas, que se implantaron respectivamente en el suroeste del país, y en Chicago y Nueva York.

La principal razón del incremento del flujo migratorio de origen latinoamericano es puramente demográfica: la tasa de natalidad de la población blanca es baja y observamos un envejecimiento del conjunto de la población estadounidense, mientras que asistimos a un aumento de dicha tasa en la población hispana. Según la Oficina de Censos, entre 1993 y 2013, la cifra de hispanos nacidos ya en EE.UU menores de 18 años se incrementó en un 107%, cuando la población general menor de 18 años aumentaba solamente en  11%. Estas cifras ponen de manifiesto la disminución de los blancos como proporción total de la población, que dejara de ser mayoritaria en 2042 según la Oficina de censos y el crecimiento de una población latina joven, que reúnen en la actualidad a 56,6 millones de personas en EE.UU. Aquello conlleva por lo tanto a un cambio drástico de la composición étnica del país. Además, según informes elaborados por el Instituto Cervantes, en 2060 Estados Unidos será el segundo país hispanohablante del mundo, después de México, y el 27,5% de su población será de origen hispano.

Por consiguiente, la comunidad hispana es cada vez más consciente del poder que tiene y actúa de acuerdo con ello. Efectivamente, al aumentar su porcentaje demográfico, aumenta también su porcentaje en el potencial electorado, pasando de 3,6% de los posibles votantes en 1988 a más de 8% en 2012. A esto se suman unos niveles de participación muy elevados entre los registrados, que además aumentan en cada nueva elección. Cabe destacar que por el simple hecho de cumplir mayoría de edad cada vez más hispanos pueden votar. Por lo tanto, resaltamos que la población hispana aumenta rápidamente, pero su participación aumenta con mayor rapidez. Su principal reto es consolidar el nivel de registro, porque en 2012, 8,6 millones de latinos hubieran podido votar si se hubieran registrado, pero no lo hicieron, principalmente debido a una falta de información. Además, si se tiene en cuenta la movilización en el seno de la comunidad, se prevé que las cifras de registro crecerán de manera similar. A este aumento del poder electoral, se suma una mayor representación política mediante la elección de representantes políticos hispanos, como Alexandria Ocasio-Ortez (elegida de la Cámara de los Representantes), Susana Martinez (primera gobernadora de origen hispano por el Estado de Nuevo México) o Ted Cruz (primer senador hispano de Texas), así como una multiplicación de los medios de comunicación hispanos, entre los cuales se destacan algunos gigantes audiovisuales como la televisión “Univisión”, que en la actualidad alcanza al 90% de los latinos.

El peso político del colectivo aumenta tanto que ha emergido la cuestión de los “Estados pendulares”. Son aquellos que no tienen un color político claramente definido y que pueden pasar con una cierta facilidad de un bando a otro. Los expertos han ido tomado conciencia de que la presencia latina se vuelve crucial en la orientación política de un Estado, e incluso puede crear nuevos Estados pendulares. Los Estados de Ohio, Carolina del Norte o Iowa son ejemplos significativos, puesto que el desarrollo de una fuerte y dinámica comunidad hispana en su territorio les ha otorgado un nuevo papel, crucial en las elecciones. Sin embargo apuntemos una curiosidad: los Estados con más hispanos (casi 50% de dicha población), es decir California y Texas, son donde el voto latino importa “menos”. En efecto, ya se da por hecho que California suele votar en favor de los demócratas, y Texas a los republicanos.

Finalmente, el creciente poder político del colectivo hispano no se traduce únicamente en un mayor peso electoral, sino también en una mayor influencia sobre la sociedad civil: a la presencia en las esferas políticas y mediáticas, se suman las manifestaciones. De hecho, la comunidad hispana es el colectivo que manifiesta con más frecuencia, y eso desde su llegada a EE.UU. Podemos señalar en la historia del colectivo las protestas durante las movilizaciones de los derechos civiles (entre 1954 y 1968) y aquellas de 2006, también conocidas como las “Inmigration right marches”. Esta tendencia a recurrir a la participación no electoral es representativa de un fenómeno muy importante en este colectivo: una gran parte de los latinos son indocumentados, por lo que no pueden influir la esfera política de manera más tradicional, es decir votando. Tienden a practicar otras formas de participación política, con una gran intensidad, y reciben mucho apoyo de su entorno, el sentimiento de solidaridad es muy fuerte en esta comunidad debido a las experiencias de inmigración y discriminación vividas por muchos hispanos.

Frente a ese crecimiento exponencial, parece lógico que se vuelva cada vez más atractivo para los partidos políticos conquistar ese electorado, y que las decisiones políticas estén condicionadas por ello.

Las estrategias de captación del voto “hispano” o “latino” no son un fenómeno reciente y se encuentran claros precedentes ya desde mediados del siglo XX coincidentes con las primeras olas migratorias, como son los “Viva Kennedy” clubs de los años 60, cuyo objetivo era aumentar la tasa de registro de electores hispanos, a los cuales se suma la intervención de Jacqueline Kennedy, que difundió el primer mensaje televisivo en español. Históricamente los hispanos suelen votar más a los candidatos demócratas cuyos valores comparten y se sienten más protegidos por dicho partido. Sin embargo no siempre fue el caso. Sorprendentemente, hasta los años 90 los republicanos adelantaron a los demócratas con respecto a estrategias de captación del voto latino, gracias a un acercamiento al electorado hispano fundamentado en los valores religiosos y conservadores que tenían en común, y una postura menos radical sobre la inmigración que la actual,  mientras que los demócratas se conformaban con un discurso de defensa de los migrantes pero no tomaban medidas concretas durante las campañas. Se produjo un punto de inflexión de esa tendencia durante la campaña de Bill Clinton en 1996. Es cuando se publicó el documento «Latino Communications Strategy, 1994-1996», que le permitió invertir esta tendencia al construir una parte de su campaña en una reforma educativa que beneficiaría a los hispanos. A partir de entonces, y en particular desde 2006, la influencia del partido republicano sobre los latinos ha ido menguando. Se debe principalmente a una mejor comprensión y adaptación a la situación hispana por parte de los demócratas. Mientras que los republicanos generalmente promueven políticas más conservadoras y restrictivas, los demócratas son cada vez más conscientes del electorado hispano, y sobre todo, saben que lo pueden conquistar. Por lo tanto ponen en marcha más recursos y estrategias que les beneficie directamente para seducirlos, que consisten en gran parte en discursos y proyectos de ley a favor de la inmigración.

La cuestión migratoria, esencial para la identificación partidaria de los hispanos se suma a esta adaptación diferenciada acerca de la comunidad hispana. Recordemos que un 67% de los latinos registrados para votar conocen personalmente a personas indocumentadas, y de esos 67% la mitad de los conocidos son familiares. Esta realidad es la que determina en gran parte su adhesión política, y explica un mayor acercamiento al partido demócrata que siempre ha sido más progresista en esos asuntos. Sin embargo, un estudio ha demostrado que si los republicanos apoyaran la idea de una reforma de la inmigración el 34% de los hispanos estaría más dispuesto a votar por ellos. Además, se ha demostrado que no es tanto el bando político como el apoyo o no a la migración de origen hispano lo que importa: en el caso hipotético de un candidato republicano que apoye una reforma favorable a los migrantes, frente a un candidato demócrata hostil a la inmigración, el 61% de los hispanos declaran que apoyarían al candidato republicano. Constatamos por lo tanto que en gran parte, el colectivo hispano no apoya al partido demócrata en sí, sino hacia los programas y posiciones que defienden sus representantes, más concretamente aquellas relacionadas con la cuestión migratoria. Además los latinos constituyen el electorado con la mayor volatilidad electoral, por lo que hacerles cambiar de bando resultaría potencialmente viable para cada uno de los partidos, y su adhesión al partido demócrata no es definitiva.

Cada vez más la inmigración va a ser una “mobilizing issue”, es decir que el debate sobre la inmigración se desarrolla en términos partidistas, con posiciones progresivamente más extremas por ambas partes, debido tanto al aumento de los flujos migratorios estos últimos años, como a un auge de la xenofobia. Ese desarrollo xenófobo acabó culminando en la elección de Donald Trump, conllevando a una división y polarización del electorado y de la opinión pública estadounidense, y a una utilización política del concepto de “identidad hispana” o “latina”. Es por lo tanto muy probable que en el futuro el resultado de las elecciones se decida en función de la cuestión migratoria, de la posición de los candidatos frente a ella, y de la capacidad de captación por parte de los partidos de los intereses del colectivo hispano.

Fabio Peleato

Estudiante en Ciencias Políticias (Universidad Autónoma de Madrid, Sciences Po Bordeaux)

 

Este texto resume una parte de su TFG (Trabajo de Fin Grado) de 35 páginas, escrito bajo la tutoría de Santiago Pérez-Nievas.